Orientación visual

No lo he comentado a fondo con más gente pero lo tengo harto comprobado cada día y supongo que a todo el mundo le pasará lo mismo: cuando vamos andando a los sitios, avanzamos en pequeños tramos orientados por pequeños objetivos independientes.

¿Y qué quiere decir esto?
Simplemente que cuando vamos y volvemos a un sitio, lo hacemos por caminos diferentes aunque lo lógico, digo yo, sería hacerlo por el mismo.

Para comprobarlo hay que pensar en trayectos de al menos medio recorrido, que impliquen cruzar alguna calle o girar en algún punto, y donde el destino final no se vea desde el de partida.

Para mi los más típicos son los que hago del lugar de trabajo al lugar de desayuno, o de casa a comprar el pan. Pero cada uno puede tener los suyos.

Para ver si tengo razón, debéis fijaros en dos cosas:

1- Que el camino de ida y vuelta al sitio sea sólo para eso, para ir y volver; sin que tengáis que hacer nada en medio.

2- Que el camino que hacéis para la ida y para la vuelta no son iguales.

En mi ejemplo del desayuno, casi todos los días salimos más o menos a la misma hora y vamos al mismo sitio. Somos un grupo de cuatro o cinco personas que vamos juntos y, generalmente, a la ida siempre cruzamos por un sitio y la vuelta por otro y no hay más de diez metros de diferencia entre ambos puntos de cruce.

Mi teoría es que, cuando vamos andando, nos orientamos a través de pequeños objetivos visuales intermedios e inconscientes. Es decir que, nos fijamos en un punto que esté en dirección al destino y que nos permita avanzar en línea recta y vamos modificando este objetivo intermedio a medida que avanzamos. De hecho, el objetivo intermedio lo vamos modificando sin ni siquiera llegar al anterior.

Esto implica que, en dos trayectos (ida y vuelta) que deberían ser idénticos en la mayoría de los casos, siempre hay pequeñas diferencias.

Diferencias que se deben a que los objetivos que nos marcamos al avanzar en un sentido o en otro, son distintos.

Pensadlo, veréis que os pasa lo mismo.

Un saludo.

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Esquivando las nubes

El domingo 18 de abril no se preveía mucha lluvia y decidí acercarme en moto al club donde voy a nadar.

Sobre la una, mientras estaba en el agua, con el gorro y los tapones puestos, se escuchó un trueno que no dejó indiferente a nadie.

Al cabo de pocos minutos el agua sonaba con fuerza sobre la cubierta de invierno de la piscina y en pocos minutos más empezaron a calarse algunas gotas por las juntas.

Duró poco, después de un cuarto de hora dejó de llover.

Entre largo y largo yo ya había comenzado a plantearme como iba a hacer la vuelta a casa, teniendo sólo impermeable para el cuerpo.

Tenía claro que lo más lógico era volverme sin cambiarme, con el bañador y las chanclas, y pasando en la moto de la lluvia. Aunque lo de las chanclas de piscina en la moto (no son ni sandalias) no me convencía mucho.

Seguí nadando y cayeron varios chaparrones más, todos de igual fuerza y separados por unos quince-veinte minutos de calma total.

Salí del agua y, mientras me secaba (que ironía) y seguía dándole vueltas al asunto, cayó otro chaparrón.

Al final, aunque lo del bañador me atraía bastante, decidí volverme vestido, concienciado de mojarme.

Salí del vestuario y cuando iba hacía la moto empezó a llover de nuevo. Me cobijé en un porche cercano a la moto y mientras esperaba los 10 minutos de rigor empecé a fijarme en las nubes.

No era la lluvia de otros días, todo cubierto. Esta vez eran auténticos chaparrones de tormenta localizada. Se veía perfectamente como la nube que estaba dejando el agua en ese momento estaba pasando por encima mía y como después venía un claro con otras manchas negras a los lados. Con un poco de suerte no me mojaría y lo más que se perdía por probar era poner la ropa a secar.

Dejó de llover y empecé el camino a casa pensando en el recorrido más corto y que siguiera al claro de nubes. Por desgracia, a los quinientos metros, un atasco y un policía me tuvieron parados cinco minutos. Tiempo suficiente para que mi camino previsto se viera amenazado a lo lejos por una nube negra.

Cambié de dirección y tomé una ruta alternativa por donde veía que todavía estaba claro. La idea era volver a casa sin desviarme mucho pero siempre buscando ir hacia los claros.

Creo que, además de los seis-siete kilómetros normales, hice uno extra esquivando nubes, pero puedo asegurar que realmente fue eso: esquivar nubes.

Desde la moto veía perfectamente en el cielo como las nubes negras se iban moviendo con el viento y como podía esquivarlas desviándome cien metros arriba, cien metros abajo.

De hecho a trescientos metros de casa, en la recta final, me pareció ver que allí estaba lloviendo y pensé en llamar para preguntar si allí llovía y decidir si me esperaba un poco a seguir avanzando.

Decidí arriesgarme, estaba completamente seco y a punto de llegar, había que darle emoción al final.

Entré en el garaje sin una gota. Cuando aparqué y subí a casa (menos de tres minutos desde que yo había entrado) tronó de nuevo y diluvió en mi calle… pero yo ya estaba en casa, mirando tranquilo desde la ventana las nubes que había esquivado.

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Pandemias olvidadas

¿Qué pasó con la enfermedad de las vacas locas?
¿Qué pasó con la gripe aviar?
¿Qué pasó con la gripe A?

De estas tres crisis infecciosas de los últimos años sólo las dos primeras me parecen realmente dignas.

Con la enfermedad de las vacas locas se sacrificaron montones de reses, se invirtió en investigación y se vio que realmente había un nuevo tipo de enfermedad mortal capaz de contagiarse y multiplicarse a través de las proteinas. Algo bastante atípico en medicina.

Con la gripe aviar murió bastante gente en Asia y hubo que sacrificar muchas aves para eliminarla.

Pero ¿y con la gripe A? ¿qué paso con esos millones de vacunas que compraron los gobiernos a las farmecéuticas?

Al final no conocí a nadie que se pusiera la vacuna. De hecho ¿cuando dejó de hablarse de ellas? ¿y cómo se hizo para que nadie lo notara? ¿murió más gente en España de gripe normal que de gripe A?

¿Este invierno no se ha dicho nada? ¿habrá matado el virus tanta agua?

Demasiadas preguntas sin respuesta para haber estado tanto tiempo en los telediarios.

El Instituto Nacional de Estadística todavía no tiene los datos del año 2009:
http://www.ine.es/jaxi/menu.do?type=pcaxis&path=/t15/p417&file=inebase&L=0

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Vida laboral, vida en general.

Ayer un compañero nos envió este enlace.

Artículo del El País: Explotación remunerada.

Fue muy triste ver como en pocos minutos, las 12 personas del equipo, estaban comentando lo verídico del artículo y lo identificados que se sentían con él.

Y lo realmente triste no es sentirse identificado con lo que se dice en él. Sino ser conscientes de ello y no hacer nada por cambiarlo.

¿Merece la pena no cambiar de vida por unos pocos de miles de euros?
La respuesta no es sencilla. Cada uno tendrá que buscar la suya.

– Enlace para descargar el artículo en pdf.

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Caridad y pena.

Hace unos días, una de las pocas tardes-noche de fin de semana que no ha llovido y que sí ha hecho buen tiempo, estaba con un amigo tomándome un refresco en una terraza de una cafetería pegada a la puerta de una hotel.

Durante la conversación me fije en un chaval negro, bien vestido pero un poco moderno (con una camisa amarilla y verde de flores) que parecía estar en la entrada del hotel esperando a alguien.

Casi al mismo tiempo, se nos acercó a la mesa un hombre ni mayor ni joven, con pinta de ser de Europa del Este. Iba bastante sucio y no hablaba demasiado bien. Llevaba y vaso y lo que quería era que le echáramos dentro una limosna. Como es habitual, con pena, le dije que no.

Después de pasar por nuestra mesa, el hombre se acercó al joven de la puerta del hotel, este rebuscó en su monedero, sacó una moneda y se la dio.

Curiosamente, al momento, el joven negro entró en la cafetería donde estábamos y sacó unos CDs para vender. Luego también pasó por nuestra mesa…

Soy de los que hace mucho tiempo que dejaron de dar nada a nadie que pida por la calle. He visto ya a muchos pícaros sacando dinero a la gente. Según he ido creciendo las historias han ido cambiando, pero a muchos aprendías a reconocerlos día tras día por el barrio, aprovechándose de la pena de la gente y haciéndote desconfiar del resto.

Entre otras muchas, recuerdo como te contaban estas historias, aderezadas eso sí, con mucha imaginación y detalles convincentes:
Para llamar desde la cabina. (Cuando estas todavía se usaban.)
Para el autobús del pueblo. (Cuando todavía había mucha menos gente con coche.)
Para ir a la farmacia a comprar las medicinas de su madre porque acababa de salir del médico. (Cuando ya te había contado la misma historia tres veces en tres días.)
– Para un bocadillo. (Pero si alguien le ofrecía comprarle el bocadillo él ponía una excusa y sólo quería el dinero.)

De todas estas historias y con esta actitud que he llegado a tener, siempre me ha dado pena pensar en que pasaría con aquellas personas que estuvieran contando la verdad.

Y a día de hoy, muchas mañanas me vuelvo a plantear, si me hiciera falta, con que cara le pediría yo un día ayuda al chico que vende pañuelos en el semáforo si todos los días le digo que no, que no puedo darle nada, cuando él ya está ahí, sonriendo, llueva o haga frío, cuando yo paso por la mañana temprano.

Un día de la semana pasada, después del suceso del vendedor de CD, le di una moneda al chico del semáforo y ahora además de todo lo anterior me planteo ¿reconocerán aquellos que han pasado verdadera penuria cuando uno miente al pedir? ¿o será simplemente que el hecho de haberla pasado no les permite dejar que paguen algunos sinceros la culpa de los timadores y por eso dan algo a sabiendas de que pueden estar engañándolos?

Yo me inclino por lo primero.

Para otra vez quedará comentar porqué se puede confundir a un vendedor de CDs con un turista niño de papá.

Un saludo.

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