Día luminoso en La Mancha

Miércoles, 15 de agosto del 2012

Hoy hace un día como de marzo en Sevilla, de abril en Cádiz o de Junio en Santander; pero en La Mancha.

Sales a las tres de la tarde y puedes pasear a pleno sol. Miras al cielo y está limpio y azul, con nubes blancas de algodón.

No hay gente, no hay ruido. Corre viento templado y suave, como de paseo marítimo.

Brilla luz por todas partes. Se refleja en las paredes blancas, en las paredes claras, en las hojas verdes de los árboles.

Nadie diría que es agosto, pero lo es.

Si fuera pintor, me sentaría a pintar. Aunque no haya paisaje, sólo luz.

Si me gustase tomar el sol, me sentaría a tomarlo.

Si fuera estudiante, saldría a pasear.

Hoy es un día para agradecer.


47, 41, 34, 29...

Jueves, 12 de agosto del 2010

Imagen gris

47 al sol, 41 a la sombra, 34 de noche y 29 de madrugada.

Esas son las temperaturas que hemos tenido estos días. Realmente no creo que algunas sean muy elevadas para esta época del año, pero otras sí.

En los mismos termómetros he visto otros años 49 al sol o 42 a la sombra, pero raras veces recuerdo haber tenido 29 grados de madrugada y ¡27 al amanecer!.

La diferencia de estos días ha sido el cielo cubierto.

El lunes 9 de agosto, cuando iba por la mañana al trabajo, se podía mirar perfectamente al sol blanco que se levantaba. La capa de nubes dejaba mirarlo unos segundos sin molestar, como una pelota blanca. Parecía una inmensa Luna, pero era el Sol.

A esa hora de la mañana, pese a que no hacía nada de frío (27 grados) no llegué a pensar en como iba a evolucionar el día.

Salí del trabajo a las cinco de la tarde. A esa hora hacía calor, lo normal en la moto, rayos de sol y aire caliente.

Por circunstancias (y por rebajas) estuve de compras en un centro comercial hasta las ocho y media de la tarde y entonces, a la salida, es cuando me di cuenta de lo diferente que era ese día.

Esa tarde, a esa hora ya era casi de noche. Cuando a esa hora, en esta época del año, suele haber claridad y luz amarilla de sobra. El ambiente se veía como gris, no sólo por la falta de luz sino por lo denso y espeso que parecía el aire.

No había excesiva humedad, pero desde luego no era el típico día de calor seco donde los rayos del Sol llegan limpiamente al suelo. Esa tarde los rayos de sol no se veían. Estaban ahí, calentando la Tierra, pero desde fuera, como si la Tierra estuviera metida en un horno de paredes grises donde sólo llegase el calor puro.

En la moto uno se sentía atípico. Como si fueran las nueve de la noche de un otoño en el que uno va sudando por exceso de abrigo. Pero aquí no había exceso de abrigo, simplemente es que el aire, la atmósfera, estaba caliente y densa, como si pudiera agarrarse un puñado y meterlo en un bote.

Medité bastante sobre ello durante la vuelta la casa y la verdad es que, pese a lo incómodo, era un sensación extraña.

Nos varían unos pocos grados la temperatura o la densidad del ambiente y uno ya se siente como en otro planeta.

Si entonces no fuera por el propio placer que me generaba esa sensación de extrañamiento, supongo que hubiera podido vernos como creo ahora que eso muestra que somos: unos ingenuos, frágiles y minúsculos humanos metidos en nuestra calentita e insignificante burbuja azul (a veces gris) flotando en el universo.

Al menos, ya que uno pasa calor, que sea de forma diferente.

PD: para la próxima vez contaré como es el calor húmedo de las mañanas. El que me recuerda a mis veranos de pequeño y el que (sin conocerlo) se me hace parecido al calor húmedo de las tardes en Misisipi.





Esquivando las nubes

Martes, 20 de abril del 2010




El domingo 18 de abril no se preveía mucha lluvia y decidí acercarme en moto al club donde voy a nadar.

Sobre la una, mientras estaba en el agua, con el gorro y los tapones puestos, se escuchó un trueno que no dejó indiferente a nadie.

Al cabo de pocos minutos el agua sonaba con fuerza sobre la cubierta de invierno de la piscina y en pocos minutos más empezaron a calarse algunas gotas por las juntas.

Duró poco, después de un cuarto de hora dejó de llover.

Entre largo y largo yo ya había comenzado a plantearme como iba a hacer la vuelta a casa, teniendo sólo impermeable para el cuerpo.

Tenía claro que lo más lógico era volverme sin cambiarme, con el bañador y las chanclas, y pasando en la moto de la lluvia. Aunque lo de las chanclas de piscina en la moto (no son ni sandalias) no me convencía mucho.

Seguí nadando y cayeron varios chaparrones más, todos de igual fuerza y separados por unos quince-veinte minutos de calma total.

Salí del agua y, mientras me secaba (que ironía) y seguía dándole vueltas al asunto, cayó otro chaparrón.

Al final, aunque lo del bañador me atraía bastante, decidí volverme vestido, concienciado de mojarme.

Salí del vestuario y cuando iba hacía la moto empezó a llover de nuevo. Me cobijé en un porche cercano a la moto y mientras esperaba los 10 minutos de rigor empecé a fijarme en las nubes.

No era la lluvia de otros días, todo cubierto. Esta vez eran auténticos chaparrones de tormenta localizada. Se veía perfectamente como la nube que estaba dejando el agua en ese momento estaba pasando por encima mía y como después venía un claro con otras manchas negras a los lados. Con un poco de suerte no me mojaría y lo más que se perdía por probar era poner la ropa a secar.

Dejó de llover y empecé el camino a casa pensando en el recorrido más corto y que siguiera al claro de nubes. Por desgracia, a los quinientos metros, un atasco y un policía me tuvieron parados cinco minutos. Tiempo suficiente para que mi camino previsto se viera amenazado a lo lejos por una nube negra.

Cambié de dirección y tomé una ruta alternativa por donde veía que todavía estaba claro. La idea era volver a casa sin desviarme mucho pero siempre buscando ir hacia los claros.

Creo que, además de los seis-siete kilómetros normales, hice uno extra esquivando nubes, pero puedo asegurar que realmente fue eso: esquivar nubes.

Desde la moto veía perfectamente en el cielo como las nubes negras se iban moviendo con el viento y como podía esquivarlas desviándome cien metros arriba, cien metros abajo.

De hecho a trescientos metros de casa, en la recta final, me pareció ver que allí estaba lloviendo y pensé en llamar para preguntar si allí llovía y decidir si me esperaba un poco a seguir avanzando.

Decidí arriesgarme, estaba completamente seco y a punto de llegar, había que darle emoción al final.

Entré en el garaje sin una gota. Cuando aparqué y subí a casa (menos de tres minutos desde que yo había entrado) tronó de nuevo y diluvió en mi calle... pero yo ya estaba en casa, mirando tranquilo desde la ventana las nubes que había esquivado.



Lluvia.

Jueves, 31 de diciembre del 2009


Hace ya muchos años, en una visita a Bilbao con mi familia, recuerdo como desde una Wolsvagen Caravelle, parados en un semáforo, dijimos todos "¡Ahí alante está lloviendo!". Y, efectivamente, se veía en la calle llover frente a nosotros, cincuenta metros más adelante.

Hoy me ha sucedido algo similar pero más impactante.

He salido del trabajo a las dos y cuarto. Tras varios días de lluvia continua como si esto fuera Galicia, se veían claros y sol, aunque predominando las nubes. Me he montado en el coche, no llovía nada y se podía predecir una buena tarde.

Un minuto después, al momento de empezar a andar en el coche, al girar todavía despacio en una calle estrecha y corta, sólo he tenido un segundo para preguntarme ¿qué está pasando ahí alante? No me ha dado tiempo a más. Una masa de agua que estaba avanzando hacia mí, ha llegado y me ha hecho tener que poner el parabrisas a máxima velocidad.

Todo ha sido muy rápido, pero he tenido tiempo de ver como el suelo a diez metros mía se iba mojando con los enormes goterones hasta caer de golpe sobre el capó, el techo del coche y el resto de la calle detrás mía.

En la visita a Bilbao, la lluvia se veía, pero estaba allí quieta, bajo la nube, parada. Hoy, por un momento, la he visto avanzar hacia mí, sin remedio, y eso ha hecho más presente su magnitud.

Uno podía mirar atrás y ver como la gente que iba andando no iba a tener tiempo de abrir sus paraguas, se iban a mojar. Delante mía llovía y en el retrovisor todo estaba seco.

Cualquiera diría que se estaba haciendo la limpieza para el año nuevo.

Saludos a todos y mis mejores deseos para el año 2010.



Equipos de hombres

Miércoles, 15 de abril del 2009


Esta Semana Santa no he visto muchas cofradías, sólo un par de ellas. Sin embargo me ha vuelto a la mente un pensamiento sobre el que ya había meditado varias veces: la fuerza del grupo de costaleros.

No me refiero al esfuerzo que hace cada uno para llevar el paso, me refiero a la fuerza total que tiene el grupo.

Cuando veo menearse en volandas esas imágenes con su armazón de madera, guiados por la fe ciega en el capataz, me asombro por la potencia de sus andares. Especialmente, en los pasos lagos y decididos que suelen dar tras una chicotá. Me pregunto ¿qué pasaría si chocaran con algo?. No que pasaría si roza una tulipa con un balcón o si dan levemente con una rama de un árbol, no. Lo que me pregunto es ¿qué pasaría si el capataz da la orden de avanzar y arramplan con lo que haya por delante, coches, personas, o lo que sea? ¿qué capacidad de choque tiene eso?.

Me asombra la fuerza que puede conseguir un grupo de hombres bien coordinados y no encuentro muchos ejemplos similares, ni actuales ni pasados.

No son un equipo de fútbol donde de forma coordinada el trabajo es individual; ni un grupo de pescadores de 5 ó 10 personas tirando de una red. No, me refiero a 30 ó 40 personas haciendo fuerza de forma conjunta.

Así, de primeras, sólo un ejemplo me parece realmente similar y es el de un grupo de soldados antiguos o medievales empujando un ariete, todos a una, contra una puerta o un muro.

Antes cuando lo veía en las películas de vikingos pensaba -esa puerta del puente levadizo no se rompe tan fácil-, ahora, después de observar un poco a los costaleros, me imagino con que facilidad dejarían un coche chato tras darle dos o tres empellones usando el paso como plataforma.

No sé ¿qué opinan ustedes? ¿se les ocurren más ejemplos actuales o pasados donde un grupo de hombres utilice su fuerza al mismo tiempo y de forma coordinada?

A mí, además de los soldados, sólo se me vienen a la mente los antiguos esclavos acarreando piedras, ya sea en las pirámides, en la muralla china o en el imperio azteca. Y, de forma más reducida, los bomberos en algunas ocasiones.

Anímense y comenten un poco.

Un saludo.


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Añado aquí una respuesta al comentario de Jesús. (Ver comentarios.)
Creo que merece la pena ponerlo debajo del artículo para que no hay malentendidos.
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La verdad, Jesús, es que ni por asomo he escrito el artículo como algo despectivo.

Es más, a mi sí que me gusta bastante la Semana Santa, aunque para nada sea por una creencia cristiana o religiosa. Y, ciertamente, me llena de sentimiento ver las imágenes moverse de forma tan coordinada.

Y por eso mismo me llama más la atención que hoy día haya tan pocas actividades humanas donde tantos hombres empleen su fuerza de forma coordinada para hacer algo que, además, es por voluntad propia.

Quizá debí dejar más claro en el artículo que los comentarios sobre la fuerza de los costaleros eran algo independiente del resto de sentimientos.

Un abrazo.