Miércoles, 21 de abril del 2010


No lo he comentado a fondo con más gente pero lo tengo harto comprobado cada día y supongo que a todo el mundo le pasará lo mismo: cuando vamos andando a los sitios, avanzamos en pequeños tramos orientados por pequeños objetivos independientes.

¿Y qué quiere decir esto?
Simplemente que cuando vamos y volvemos a un sitio, lo hacemos por caminos diferentes aunque lo lógico, digo yo, sería hacerlo por el mismo.

Para comprobarlo hay que pensar en trayectos de al menos medio recorrido, que impliquen cruzar alguna calle o girar en algún punto, y donde el destino final no se vea desde el de partida.

Para mi los más típicos son los que hago del lugar de trabajo al lugar de desayuno, o de casa a comprar el pan. Pero cada uno puede tener los suyos.

Para ver si tengo razón, debéis fijaros en dos cosas:

1- Que el camino de ida y vuelta al sitio sea sólo para eso, para ir y volver; sin que tengáis que hacer nada en medio.

2- Que el camino que hacéis para la ida y para la vuelta no son iguales.

En mi ejemplo del desayuno, casi todos los días salimos más o menos a la misma hora y vamos al mismo sitio. Somos un grupo de cuatro o cinco personas que vamos juntos y, generalmente, a la ida siempre cruzamos por un sitio y la vuelta por otro y no hay más de diez metros de diferencia entre ambos puntos de cruce.

Mi teoría es que, cuando vamos andando, nos orientamos a través de pequeños objetivos visuales intermedios e inconscientes. Es decir que, nos fijamos en un punto que esté en dirección al destino y que nos permita avanzar en línea recta y vamos modificando este objetivo intermedio a medida que avanzamos. De hecho, el objetivo intermedio lo vamos modificando sin ni siquiera llegar al anterior.

Esto implica que, en dos trayectos (ida y vuelta) que deberían ser idénticos en la mayoría de los casos, siempre hay pequeñas diferencias.

Diferencias que se deben a que los objetivos que nos marcamos al avanzar en un sentido o en otro, son distintos.

Pensadlo, veréis que os pasa lo mismo.

Un saludo.




Esquivando las nubes

Martes, 20 de abril del 2010




El domingo 18 de abril no se preveía mucha lluvia y decidí acercarme en moto al club donde voy a nadar.

Sobre la una, mientras estaba en el agua, con el gorro y los tapones puestos, se escuchó un trueno que no dejó indiferente a nadie.

Al cabo de pocos minutos el agua sonaba con fuerza sobre la cubierta de invierno de la piscina y en pocos minutos más empezaron a calarse algunas gotas por las juntas.

Duró poco, después de un cuarto de hora dejó de llover.

Entre largo y largo yo ya había comenzado a plantearme como iba a hacer la vuelta a casa, teniendo sólo impermeable para el cuerpo.

Tenía claro que lo más lógico era volverme sin cambiarme, con el bañador y las chanclas, y pasando en la moto de la lluvia. Aunque lo de las chanclas de piscina en la moto (no son ni sandalias) no me convencía mucho.

Seguí nadando y cayeron varios chaparrones más, todos de igual fuerza y separados por unos quince-veinte minutos de calma total.

Salí del agua y, mientras me secaba (que ironía) y seguía dándole vueltas al asunto, cayó otro chaparrón.

Al final, aunque lo del bañador me atraía bastante, decidí volverme vestido, concienciado de mojarme.

Salí del vestuario y cuando iba hacía la moto empezó a llover de nuevo. Me cobijé en un porche cercano a la moto y mientras esperaba los 10 minutos de rigor empecé a fijarme en las nubes.

No era la lluvia de otros días, todo cubierto. Esta vez eran auténticos chaparrones de tormenta localizada. Se veía perfectamente como la nube que estaba dejando el agua en ese momento estaba pasando por encima mía y como después venía un claro con otras manchas negras a los lados. Con un poco de suerte no me mojaría y lo más que se perdía por probar era poner la ropa a secar.

Dejó de llover y empecé el camino a casa pensando en el recorrido más corto y que siguiera al claro de nubes. Por desgracia, a los quinientos metros, un atasco y un policía me tuvieron parados cinco minutos. Tiempo suficiente para que mi camino previsto se viera amenazado a lo lejos por una nube negra.

Cambié de dirección y tomé una ruta alternativa por donde veía que todavía estaba claro. La idea era volver a casa sin desviarme mucho pero siempre buscando ir hacia los claros.

Creo que, además de los seis-siete kilómetros normales, hice uno extra esquivando nubes, pero puedo asegurar que realmente fue eso: esquivar nubes.

Desde la moto veía perfectamente en el cielo como las nubes negras se iban moviendo con el viento y como podía esquivarlas desviándome cien metros arriba, cien metros abajo.

De hecho a trescientos metros de casa, en la recta final, me pareció ver que allí estaba lloviendo y pensé en llamar para preguntar si allí llovía y decidir si me esperaba un poco a seguir avanzando.

Decidí arriesgarme, estaba completamente seco y a punto de llegar, había que darle emoción al final.

Entré en el garaje sin una gota. Cuando aparqué y subí a casa (menos de tres minutos desde que yo había entrado) tronó de nuevo y diluvió en mi calle... pero yo ya estaba en casa, mirando tranquilo desde la ventana las nubes que había esquivado.